El no poder ir al colegio, tener uso limitado del sistema de salud, o el no tener trabajo, es lo que personas con discapacidad viven diariamente.

“Estar en esta pandemia es como tener discapacidad”

Por la pandemia los establecimientos educacionales están cerrados; también están cerrados para personas que tienen discapacidad. Hasta ahora en Chile no ha habido garantía de educación para personas con discapacidad: colegios, especialmente los particulares, pueden decidir si recibir o no a un niño o niña con discapacidad y, aunque sus hermanos estén ahí, este niño o niña deberá ir a otro establecimiento… ¿a cuál? La mayoría de las veces a uno “especial” en las que priva de la experiencia y el derecho a desarrollarse en una comunidad diversa.

Las escuelas especiales, llamadas así porque su propósito es educar a niños y niñas con necesidades educativas especiales, reciben una subvención del Estado casi tres veces mayor a la subvención para niños en situación de pobreza y vulnerabilidad,  tampoco educan a niños con discapacidades sino a niños pobres: el 80% de la matrícula corresponde a niños y niñas que tienen trastornos específicos del lenguaje, de tipo transitorio. Menos del 20% corresponde a niños y niñas con discapacidad de tipo permanente. 

Por la pandemia no podemos salir de nuestras casas, con o sin pandemia, por la discapacidad tampoco: las veredas son inseguras, ni la micro ni el taxi paran, el ascensor del metro está en mantención. Para personas con discapacidad intelectual y del desarrollo, tampoco ha habido dónde ir. La oferta programática de municipios y servicios sociales es escasa y pobre, hay barreras de acceso a actividades sociales, culturales y políticas. Casas de acogida en barrios vulnerables han suplido esta enorme carencia a punta de empuje de pobladores y familias, con escaso apoyo del Estado.

Por la pandemia hay escasez de recursos sanitarios, para personas con discapacidad es una realidad permanente. Según la OMS personas con esta condición tienen menos accesos a prestaciones de salud, son sobre o sub diagnosticadas por su condición y tienen menos expectativas de vida por esta discriminación en el ámbito de la salud. “De las personas con discapacidad mental significativa, entre un 35% y un 50% en países desarrollados y entre un 76% y un 85% en países en desarrollo, no recibieron tratamiento. Entre un 76% y un 85% no recibieron tratamiento! Las actividades de promoción de la salud y prevención de las enfermedades solo raras veces tienen como destinatarias a las personas con discapacidad. Por ejemplo, la detección del cáncer mamario y cervicouterino se practica con menos frecuencia en las mujeres con discapacidad. El control peso de las personas con deficiencias intelectuales y diabetes realiza con menor frecuencia”. 

Por la pandemia se ha develado una realidad dura: la pobreza, la precariedad de los empleos por cuenta propia, la brecha entre los salarios y el gasto de la mayoría de las familias, la violencia intrafamiliar. En Chile hay más de 2.800.000 personas con discapacidad en uno de cada cinco hogares y el 50% de ellas pertenece a los primeros quintiles de la población: ésta ha sido siempre su realidad, su día a día, una pandemia permanente.  

Esta crisis que vivimos puede ser una oportunidad de, al menos, experiementar en algo la violencia y el estrés de muchos que viven permanentemente excluidos. Debemos comenzar a considerar seriamente en nuestras políticas públicas al mayor colectivo en situación de vulenrabilidad en nuestro país y en el mundo.

María José López

Directora Ejecutiva 

Fundación ConTrabajo